domingo, 23 de mayo de 2010

1.- Un poco de historia para empezar....o de como hemos llegado hasta aquí


Regresó a Sevilla en 1976. Había vivido en París y allí conoció la práctica. También conoció a Maestro Deshimaru del que recibió la ordenación de monje. Se llamaba Antonio Shoten Orellana y con él empezó la historia del Zen Soto en Sevilla y posiblemente en España.

Yo sólo lo vi en una ocasión, con motivo de una conferencia que dio en la Facultad de Psicología. La verdad, ni él ni sus palabras sobre la práctica me impresionaron mucho. Pero al margen de esto, lo cierto es que en Sevilla encontró un buen caldo de cultivo y aunque el grupo que creó se separó de él en un año y medio la semilla que plantó ha perdurado.

Gloria y yo conocimos la práctica justo en el momento en que el grupo inicial se separó de Antonio y refundó el dojo en un nuevo local. Un día, en una librería especializada, Anatma, vimos un cartel con los horarios de zazen. Dejando al margen la conferencia a la que había asistido en la facultad, nunca antes había leído ni escuchado nada sobre zazen.
Para que podáis calibrar mi ignorancia cuando vi el cartel pensé que hacía referencia a algún tipo de arte marcial. Pero por alguna razón que se me escapa ambos pensamos al unísono que estaría bién ir y ver de que se trataba.

Fue en el invierno de 1978. Cuando llegamos a la calle Barca, de noche, nos encontramos con un callejón, llamarle calle es excesivo, estrecho y muy, pero que muy escasamente iluminado. A mitad de la calle se intuía un cartel, movido por el viento e iluminado por una tenue bombilla. Ese parecía ser el lugar. Ambos nos quedamos plantados al comienzo de la calle tratando de decidir si avanzábamos hacia ese sombrío y amenazante lugar o nos volvíamos y buscábamos un curso de corte y confección por ejemplo.

Avanzamos. Llegamos hasta la puerta y llamamos. Alguien vino a abrir y primera sorpresa: lo conocía. Era Paco, Dokusho Villalba. Teníamos un amigo en común y habíamos coincidido en su casa en varias ocasiones.

Entramos y segunda sorpresa todos los que en el vestuario se preparaban para entrar en el dojo eran conocidos nuestros. Parecía que hubieran hecho un casting y hubieran seleccionado a un plantel de caras conocidas para tranquilizarnos.

Alguien, no recuerdo quién nos acompañó al interior del dojo y nos mostró la postura. Tras breves indicaciones y un leve intento fallido de que mis rodillas abandonaran su contacto con las orejas, antes de que nos diéramos cuenta nos habían abandonado cara a la pared en una postura que a mi me resultaba infernal.

Tercera y la más importante de las sorpresas: tuve la absoluta certeza de que por fin había regresado a casa después de un larga travesía.

26 de Mayo de 2010 ...y entonces me hice adicto al Zen

Completamente adicto. Desayunaba zen, almorzaba zen y cenaba zen. Mis lecturas eran todas sobre zen y en cualquier conversación que iniciaba me faltaba tiempo para introducir hábilmente las palabras, zen, zazen, karma, dharma o similiar. Si en esa época hubiera estado de moda el tatuarse posiblemente habría acabado con un "nacio para el zen" en la frente. En definitiva me convertí de la noche a la mañana en un fanático del Zen.

Era una ironía, había encontrado una vía, un camino de libertad y lo afrontaba desde un sistema rígido de pensamiento, con un comportamiento petrificado que me impedía por completo disfrutar, nunca renunciemos a esta palabra, disfrutar de la libertad del sendero que estaba recorriendo.

La vía, la vida va poniendo cada cosa en su sitio, va limando aristas pero para esto se necesita tiempo. En aquella época, Maestro Deshimaru realmente estaba a dos mil kilómetros. Viajar en avión para nosotros era entonces impensable y en tren tardábamos dos noches y dos días en llegar a París. Aunque rápidamente empezamos a asistir a los Campos de Verano e incluso a las sesiones de Navidad y aunque empezamos también pronto a organizar sesshines en Sevilla con discípulos cercanos de Sensei, aquí todos estábamos igual, nadie tenía la experiencia en la práctica suficiente como para ayudar a los que empezaban.

Y ahora permitidme un paréntesis en este relato:

( ) A lo largo de los años he podido comprobar que las personas que comienzan la práctica de zazen suelen adoptar esencialmente la variante de dos aptitudes extremas. Una de ellas, que se encontraría en uno de los lados del espectro es la que yo adopté, la otra es la que llamo posición del consumidor. La llamo así porque el que la adopta se acerca a la práctica con el mismo espíritu con el que iría a unos grandes almacenes a comprar un frigorífico. Es una posición de puro intercambio. Doy en la misma proporción que quiero recibir y si es posible espero recibir más de lo que doy. El espíritu de las rebajas.
Doy tiempo, el que dedico a zazen y dinero mi aportación al dojo. A cambio espero recibir eso que en mi imaginación zazen me promete.
Lógicamente, cuando la inversión de tiempo y dinero se acumula y el retorno esperado no se produce pues aceptamos que ha sido una inversión a pérdida y pasamos a otra cosa. Cierro paréntesis ().

Es una suerte para nosotros que ahora tengamos una sangha consolidada, un amigo de bien cercano con el que poder practicar y un templo y un dojo en el que poder encontrarnos para practicar juntos.
Pero aunque tengamos todo esto deberíamos de estar atentos para poder acompañar a las personas que se incorporan a la práctica, no sólo con las dificultades inmediatas, físicas con la postura, que también a veces olvidamos esto, sino a niveles más sutiles. Pero bueno esto es un tema para tratar más adelante.

Quiero concluir hoy, ya que no tengo más tiempo para escribir, diciendo que de esta época he heredado también otra cosa: mi absoluta decisión de no aceptar nunca más en relación con la práctica ni fundamentalismos, ni purismos, ni estrechez de mira. Absoluta decisión de no aceptarlos ni para mi ni para los demás.



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